Escuchar a la vida desde el silencio

"La enfermedad y la muerte me preocupan menos que la vida, que es lo que de verdad me gustaría ser capaz de resolver o aceptar", le dije a mi sobrina Lucía hace más de una semana cuando comenzaba mi retiro de silencio. En una colonoscopia reciente, que no es tan inusual en personas de mi edad, 47, han detectado una "masa" que no han llamado pólipo. "Masa" fue también la palabra que utilizaron para referirse al primer tumor de mi cerebro en 2007, y por la que ahora me han derivado para más pruebas, un TAC, y a un cirujano digestivo.

Huele a cáncer, ¿verdad?, y más en alguien con mi historial, aunque casi ningún profesional quiera adelantar esa palabra hasta que de repente uno se da cuenta de que su próxima cita está en el departamento de oncología, algo que me ocurrió en 2007, y entonces ya no hace falta decirla. De hecho, después de esta última prueba ni siquiera hablaron conmigo sino con mis hermanas mientras yo me recuperaba de la sedación. Ellas me acompañaban y tienen toda mi confianza, pero hubiera preferido yo hablar con el médico. Es evidente que tengo razones muy personales para hacer más humano e individualizado, más compasivo, el trabajo tan importante que hacen los profesionales de la salud.

Antes de estas noticias, había planeado un retiro de silencio en mi propia casa, el verdadero tema de esta nueva contribución a mi blog... Parar (o meditar) durante el día me ayuda a reformular qué demonios es lo que quiero, a atender mejor a lo que está delante de mis narices para construir lo que quiero, y a hacerlo con esa actitud suave que yo llamo amabilidad ("sin mucho ni poco esfuerzo, lo justito con gustito y con cariñito", que dijo otro antes que yo). Parar varios días seguidos, si puedes permitírtelo, tiene ese efecto extraordinario, multiplicado.

Desde que comenzó esta pandemia en marzo, deseaba parar y atender más; hablar, pensar y hacer menos, pero me vi atrapado en el frenesí que se apoderó de muchos de nosotros. Me había apuntado a un retiro de 40 días en Marruecos en agosto que se canceló, así que decidí montármelo por mi cuenta y dejar de lado por unos días email, WhatsApp, proyectos, conversaciones. En casa, más barato y más difícil. "Poder permitírselo" como decía arriba, es clave y yo no lo supe hasta que no lo intenté.

A lo que estoy atendiendo durante estos días no es a la enfermedad o a la muerte, sino sobre todo a la vida. Me refiero a mi propia vida y ésta en su contexto, lo que me toca vivir, incluyendo, sí, esta pandemia y la posibilidad de otro cáncer. Entre todo, aspiro a atender al tema que me viene ocupando desde hace años: el estilo de vida poco saludable, apresurado, saturado, que me llevó a reducir mi jornada laboral progresivamente, cambiar mi trabajo por otro en teoría más relajado con menos sueldo y privilegios, y finalmente abandonar la institución en la que había estado durante casi 20 años, quedándome sin trabajo y sin sueldo fijos, y tan solo un poquito menos estresado. Debo confesar que mi deseo de mejorar se ha convertido en otra tarea más en mi lista poco saludable, apresurada, saturada de cosas que hacer..

La vieja canción de Simon y Garfunkel, el sonido del silencio, y particularmente la siguiente estrofa, resuena en mis oídos mientras busco precisamente en el silencio el aliado que ilumine ese otro silencio más terrible y oscuro que aprisiona a nuestro mundo, ya mucho antes de que llegara esta pandemia.

"En la luz desnuda vi

10,000 personas, quizá más,
gente hablando sin decir nada,
escuchando sin oír nada,
componiendo canciones que ninguna voz compartía.
Nadie se atrevía a
interrumpir el sonido... del silencio."

El cáncer, si alguien me cree después de ver el vídeo de entrada en esta página web, no me preocupa demasiado una vez más; me siento fuerte y saludable y de un humor excelente. La seriedad de ese tema palidece en comparación con el del estrés vital, aunque ambos están sin duda relacionados. Intenté cambiar lo que podía cambiar y, aunque no me engañé pensando que resolverlo dependía solo de mí, creo que subestimé la fuerza de la inercia, y la presión de todo y de todos los que me rodean para que las cosas sigan como siempre. Invertir más en mi propio desarrollo personal, en ser, y menos en el material, intelectual, o de estatus, en hacer, sería más fácil si colectivamente hubiera un giro en esta dirección. Pero lo colectivo también depende de mí. Al menos, yo puedo elegir estas dos semanas de silencio.