¿Por qué cáncer otra vez?

¿Por qué cáncer otra vez?

¿Y por qué no? Fue lo que le contestó su marido a la hermana de mi querida amiga Patricia cuando le dijeron que iba a tener un hijo con síndrome de Down. La fortaleza y la sabiduría que mostraba aquel joven que no debía tener más de 27 años esperando su primer hijo me llenó de respeto aunque confieso que, a la edad que tenia yo, unos 22, no entendía demasiado esa respuesta.

Primero, estar en medio de esta encrucijada no me hace ni tan especial ni tan único, o tanto como todos los demás, cada uno con las suyas. En cualquier caso, nos reflejamos los unos en los otros y lo que vemos en otra persona nos pertenece. Segundo, preguntarse "por qué", siendo humano y legítimo, me dijo otra amiga de Cusco que era terapeuta gestáltica, no es tan útil como preguntarse "para qué". También se le ocurrió y liberó a Phena, la mama de dos niños con autismo que tomó conmigo el entrenamiento en compasión, tal como recoge Jo Marchant en su libro "Cure: a journey into the science of mind over body".

Los "por qués" no son inútiles, nos ayudan a conocer las cosas que amamos y tememos, de dónde vienen, pero ponen un límite obvio en nuestra perspectiva vital a riesgo de asomarnos al vértigo de lo interminable y oscuro, de lo que no podemos imaginar ni, peor aún, controlar. A mí nunca me gustaron los "por qués" y esto impacientaba a mis amigos Quique y Carlos en la Universidad porque no disfrutaba con sus largas conversaciones en las que le daban vueltas a todo... "para qué"?, les preguntaba yo.

Tercero, entre predisposiciones genéticas y biológicas, hábitos culturales y personales, vicios y virtudes, "por qué" busca además culpas y culpables. Cierto, esto ayuda a prevenir que otros caminen el mismo recorrido, pero trae consigo la tentación de desear imposiblemente que lo que ha ocurrido no hubiera ocurrido. Cuando me pregunto "por qué cáncer por tercera vez", yo soy el primero en pasar rápidamente del pensamiento productivo sobre qué podría cambiar y otros podrían cambiar para mantenernos alejados del cáncer, al pensamiento castrante e inútil sobre "qué he hecho mal".

¿Y si no hubiera hecho nada "mal"? Ni soy tan especial ni tan terrible como para haber causado nada de esto. ¿Y si he hecho muchas cosas bien y muchas mal, simplemente lo mejor que he sabido y podido en cada momento? Quiero decirlo bien alto para todos aquellos a los que se nos pasa o ha pasado por la cabeza, admitiéndolo o no (todos sabemos que no es políticamente correcto formularlo), sea respecto al cáncer o tener un hijo con síndrome de Down o autismo. No insistir en el "por qué" es la única perspectiva amable y realista con nosotros mismos que no nos sofoca en la verdadera búsqueda que nos ocupa. Y lo que nos ocupa es mejorar lo que se puede mejorar, que no estuvo ni mal ni bien, pero que no nos sirve. ¿Y para qué nos tiene que servir?

Para cada cuál lo suyo. Y es esto mismo, qué es lo que quiero y puede hacer yo a partir de ahora con lo que tengo y me toca, con lo que es, lo verdaderamente importante. Mi "para qué" que, presumo, da para otro blog.